Nicodemo, el fariseo, nació de nuevo.
Hizo la opción por aquel entregado por Dios para salvar a los hombres de este mundo y que nadie, perezca, ninguno se condene, sino que tengan vida eterna.
Insultado por sus iguales, sus compañeros le llaman Galileo, es decir, un don nadie, inculto y heterodoxo.
Pero, el corazón del maestro que fue a encontrarse de noche con Jesús ya estaba adherido a su Cuerpo y a su Sangre, al Espíritu que sopla y no sabemos de donde viene ni a donde va.
No pudo impedir el proceso y el asesinato de Jesús. Así lo había decidido el mismo Hijo del Padre Celestial.
Caminaremos unos días más hasta llegar a la Semana Santa. Una nueva oportunidad que se nos regala de la mano de María, Nuestra Madre.