Si San Juan nos dice Dios es amor, San Lucas nos dice Dios es Misericordia. Palabra esta muy difícil de traducir en las lenguas modernas por sus múltiples sentidos: dejarse conmover por el dolor ajeno y actuar para aliviarlo, participar en los sufrimientos físicos de los demás, compartir sus penas y dolores.

Por si fuera poco, comulgar de la Misericordia Divina no se queda allí. Nos exige:
-tener un buen corazón,
ser indulgentes con todos, en especial con los malvados,
-excusar,
-no guardar rencor,
-olvidar injurias y calumnias y
-esforzarse cada vez más por ser una mejor persona con valores, virtudes y cualidades propias de los hijos de Dios.

En tiempos de Jesús estas cosas no eran enseñadas por las autoridades civiles y religiosas. Todo se reducía al cumplimiento de normas y preceptos.

No así, la Fe Eucarística vivida en Comunidad. En ella se tiene la responsabilidad de imitar y a la vez no equipararnos al mismo Dios:

no juzgar para no ser juzgados,

no condenar para no ser condenados,

perdonar para ser perdonados y

dar para recibir una medida rebosante y justa.

¡Madre clemente y misericordiosa que esto no se me olvidé de nuevo!